Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Romanticismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de octubre de 2016

Moroccan Honey



Bajo la niebla se mecen 
mechones negros de azabache
antaño dorados por el sol.

La espesura de la selva
esconde dos pupilas 
que los dioses ordenaron crear.

Los amantes se esconden
bajo la mirada de los gatos...

Y ella,
con su mirar te hechiza,
fluye por tu cuerpo,
tibia como un aliento frío,
embalsama tus heridas
con sus manos de tostada arena,
con sus labios de resquebrajados rubíes.

Demasiado tarde para huir
dice la voz de tu corazón dormida.

Aquellas pupilas de misteriosa noche
te han convertido en títere de su deseo
El rosal de sus labios
marchita en tus ojos
sus espinas se hunden
en tus entrañas, y, entonces
sales de tu hipnosis
preguntando a extraños su nombre
en la perdida noche de Marruecos.


 PD: Gracias a Ultima Radio, unos músicos increíbles, y a Kati Angerbauer por el descubrimiento.

Nely Macorix

lunes, 27 de julio de 2015

Sombras montañosas

Brotan pétalos, color rojo sangre, que resbalan por la piel clara
Noche etérea, plagada de destellos, luz albina y diáfana de la
Estrella consumada en una bóveda celestial de la que no escapa.
La primavera llega entre brisa y flores, entre violetas y azahar;
El invierno muere estrepitosamente enterrado bajo la nieve.
En su pelo de hojas secas, naranjas y rojas como frutos del
Acebo de madera húmeda que prende, verde, en la chimenea
Del bosque entristecido y enyugado bajo el humo inmaduro.
Zafiros lánguidos deslumbran y corren inocentemente
Colgados del espejo más alto que puebla el lienzo tostado
De sus visiones, entre nubes negras cargadas, que tiñen y empapan.
Los brillos bermellón de los rubíes pulidos para ser besados
Por los que escapan palabras niñas que esconden secretos en

Recónditos susurros que ululan entre árboles huecos y ya muertos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

"El pacto del silencio"

Una sonrisa, un café

Aroma puro, candor desnudo

Una mirada, un ademán

De rozar al azar



Acariciar

Sus manos

Tocar

Sus labios



Una palabra, silente

Estremecedor susurro

Un perfume, alcohol

Acunado en su pecho



Respirar

Su olor

Cobijar

Su dolor



Su mirada, tímida

Pupilas inocentes

Se clava en la mía

Titilan las luces



Admirar

Su divinidad

Amar

Su humanidad



Refugiar

Mi temor.


Nely Macorix '14










jueves, 11 de diciembre de 2014

"Llueve inocencia"





¿Por qué desperdicié mi tiempo?
¿Por qué mis palabras?

Veo mi muerte
Tras tus ojos

No significas 
Nada
Tus lágrimas no valen
Nada

Si te quedas
Voy a desaparecer

Huye
Mientras exista un instante
Huye
Mientras puedas salvarte

Veo mi muerte
Tras tus ojos
Podría ser un suicidio

Tus lágrimas
Eran mi mejor mentira

No me sigas
Podría morir 
En tus brazos

Eres tan perfecta
Que no puedo sostenerme
Si te quedas
Voy a desaparecer

---

Me veo morir
He estado aquí
demasiadas veces

Si te quedas
Tus lágrimas no valdrán
Nada

Voy a desaparecer 

Podría morir
Eres tan perfecta que
Voy a romperme


Veo mi muerte
Podría morir
Podría ser un suicidio

Voy a llevarme
Tu desbordante
Inocencia

Podría morir
Podría romperme
Podría desaparecer

Nely Macorix '14

jueves, 16 de octubre de 2014

"La resurrección de la melancolía"

(La última esperanza)


Pasaron los años como gotas de lluvia suicidándose contra la ventana, contra el cristal cálido y gélido de tus mejillas. Cavaste tus pupilas pétreas en el fondo de mi alma y plantaste los huevos de tus recuerdos... Emanaron las larvas y me infectaron con esta obsesión, con esta tóxica e insana ilusión por el tiempo, por la duración, por las unidades de medida que se atisban para un momento, un instante; como un suspiro, un beso ardiente, un gemido, un mordisco, un arañazo, una exhalación, una muerte, una descomposición, una resurrección.

Pasaron los meses como hojas de otoño al colisionar contra la carretera, contra la vetusta arquitectura de tu alma, desvencijada como una "bisagra" que abría la puerta de los sueños. Clavaste el perfil de tu rostro esculpido por los dioses en mi memoria y, de un manotazo, desfiguraste toda imagen divina que introdujiste. 


Cada vez que abro los ojos aparezco en el viejo bosque, en la vieja casa, entre las viejas paredes de madera recordando nuestra vieja vida. Aparezco sola, desnuda, con el rostro bañado en lágrimas y sangrando por el pecho y la boca. Me levanto con una imagen borrosa de mí misma, de mi presente y mi pasado y con una ilusión brillante cual supernova que ejerce de futuro y, en el intento de admirarlo, me ciega...


Pasó el invierno como papeles revoloteando por la ventista entre las calles, llevándose consigo los copos de nieve que no lograban acomodarse en ninguna superficie. Me alumbró un farol, un candil en manos de un viajero, un alma errante con una mueca cínica y siniestra en la cara, mirándome como si fuera el más suculento pedazo de carne y como si sólo fuera eso: un mísero pedazo de carne.
Alza su hacha de leñador contra mí, "dejadme salir" alcanzo a pronunciar en un susurro quedo con la expresión de una niña de tres años asustada, no siento mis piernas y el alma errante que amenaza con rajar mi garganta para no poder volver a lamentarme jamás se transforma en el fruto de mi obsesión: el tiempo.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

(¡Que alguien detenga este reloj!)

Tic-tac, tic-tac, tempus fugit, tic- tac, vita flumen, tic-tac, tic-tac.

(¡Para!)

En aquel momento, el tiempo se transformó nuevamente, no ya en aquel hombre cuya hacha deseaba enterrar en mi pecho para abrirme en canal si no que se transformó en una mujer, una mujer hermosa a la que ya conocía. "Si eres un ser insensible, ¿por qué todos estos interrogantes emocionales? No eres nada. No tienes ningún papel, eres una mera espectadora de mi obra maestra." Decidió golpearme y se encontró con el eco de mi pecho; lo atravesó. Sus labios permanecieron a escasos milímetros de los míos para que sintiese el éxtasis que le producía tener mi corazón, literalmente, destruyéndose bajo la yema de sus dedos... y yo, no podía llorar, ni sudar, no podía moverme ni tan siquiera caer, apenas recordar el tiempo que se escapó mas lo único que se me permitía era sangrar, sangrar...

"Amor, muere."

Nely Macorix '14

miércoles, 14 de mayo de 2014

“En tu honor, XIII"


XIII


Su corazón late.
La sangre corre.

¡Que la sonrisa no se borre! – gritan.
Pero, ¿quién ve en sus pupilas el inminente fin? Nadie.

Y Nadie grita también.
Que el amor no se le arrebate.
O la flor morirá de sed.

¿De qué le sirve un corazón vivo a quien en vida está muerto?

No puede llorar,
A su fin las lágrimas llegaron
El día que la asesinaron
Y no se pudo casar.

¿De qué sirve un corazón inerte a quien aún muerto vive?

Sacrifica su amor
Por el bien de alguien más
Renunciando a la oportunidad
De cumplir lo que soñó.

Y, es aquí cuando ella
Atraviesa la espesa niebla
Tornando en mil mariposas azules
Que vuelan hacia el bosque
Para dormir sobre su tumba.


Nely Macorix '14

jueves, 1 de mayo de 2014

"El Trovador Enamorado"


 El Trovador Enamorado


            Le confesé mil veces mi amor, le decía que la adoraba, que era hermosa no solo por fuera sino por dentro. No quise ser quien más amaba en esta relación… y pequé de lo contrario. Cuando ella salía de la Iglesia en compañía de su familia, yo la acechaba. Parecía el gato que acechaba a los pájaros que estaban posados en el cable desde el tejado y que, sólo por coger al pájaro, arriesgaría su vida saltando al poste eléctrico para caer fulminado por la descarga y adornar el suelo como un felpudo. Era capaz de hacerlo, capaz de hacer lo que fuera necesario por tener la dicha de compartir el mismo aire que respiraba.

           Tal era mi devoción que no podía dejar de pensar en ella… si pintaba, la pintaba a ella, balanceándose gentilmente sobre sus pies, caminando, según decía algunos, incitándome a la locura, según decía yo. Si escribía, ella era mi musa y en mi inexistente poesía se hacía inmortal. Si respiraba, respiraba por ella y no para seguir con vida pues la vida era ella y sólo ella y su indiferencia podía matarme y me mataba.

       Le rogué, mil veces, que me aceptase como esposo, que permitiese que la desposase y ella me llamaba loco y alertaba a los guardias cuando para dedicarle estas súplicas la descubría en paños menores por la ventana. Si la viérais, el pelo rojo como el fuego y ondulado, la piel blanca como la porcelana e incluso más frágil, los labios voluptuosos, sensuales y escarlatas como la sangre y esos ojos verdes, brillantes como esmeraldas, ¡esos ojos! Tan cautivadores…




       Me poseían y yo quería poseerlos. Me miraba con esos enormes ojos, ¡ni la magia de mil brujos podría hacer sombra al embrujo que esta doncella ejercía sobre mí!

      Pasaron días lloviendo por las calles de Saint Paul; era mi corazón afligido por su rechazo. Mi amada me ignoraba, celebraba mis alabanzas a lo lejos pero, cuando osaba acercarme, me huía y no conforme con eso, sonreía en los brazos de otro hombre, pero esos ojos… Esos ojos me hablaban, me susurraban con el brillo de las piedras preciosas que los admirase de cerca, muy de cerca.

        Un día me armé de valor, eran las fiestas de la corte y yo, como buen trovador, la cortejé acompañada de su marido. Ella me permitió tocar su mano cuando subía las escaleras, ayudándose de mi caballerosidad.

          Podría haber muerto, en ese momento deseaba ser el felpudo sobre el que la elegancia de sus pasos caminase. Su consorte me empujó y la besó delante de mí y ella relamió sus labios con deseo, con el pintalabios visiblemente difuminado a causa de la saliva. Yo enloquecía, algo dentro de mí me dijo que lo hiciera, que consumiera su alma entre mis manos y torturase al bárbaro que podía poseer su cuerpo.

            Me oculté tras las escaleras y, en la oscuridad me adentré en la Iglesia, quería confesar todos los pecados que mi mente me dictaba. Me arrodillé en el confesionario y expié todos mis pecados: deseé irme con mis palabras a otro mundo, alejarme de ella y sus ojos, pero… sus ojos.
           

Empezaba a creer en la existencia de algo dañino en su mirada, pero… ¿Y qué más me daba a mí morir fulminado por el brillo de esas esmeraldas o por el veneno de su mano? ¿Qué importaba si quería que el veneno de su saliva torturase a mi alma e hiciese agonizar a mi cuerpo hasta la muerte?

            Su marido se iba en el carromato y yo, ¡tonto de mí! Volví a la ventana de mi amada hechicera para cantar mi lamento por no tenerla y para alabar su gracia mágica.

         Ella se asomó a la ventana, aún vestida y me miró. Esa noche su mirada ocultaba un brillo extraño… Aún con aquel escalofrío recorriendo mi nuca escalé su mansión hasta alcanzar el balcón. La ventana estaba abierta y ella volvía a quedarse en paños menores.

        - ¿Me deseáis, trovador? - ¡Me hablaba a mí! Sólo pude asentir cuando entré en la habitación y ella elevó las manos cerrando la ventana tras de mí.

         Entonces entendí que realmente sí que estaba embrujado, que sus ojos tenían tal poder sobre mí que ella estaba sacando el cuchillo del barbero mientras yo me arrodillaba ante sus pies para besarlos. Ella se agachó y me dio un casto beso en los labios y cuanto más me besaba más hermosa se veía, más blanca la piel, menos visibles las pecas, más rojos los labios, más verdes los ojos. Su mano se alzaba discretamente con la navaja del barbero, apuesto hombre que aparecía degollado en su cama, junto al celador y a uno de los hijos del tabernero del pueblo. Estaba más cerca de mí la muerte, en sus manos…

           Mientras me besaba le tiré del pelo, separándome y me miró, utilizando todo su poder, y entonces le di un puñetazo y la sangre llegó hasta manchar sus ojos, ahora verdes como el pantano de la muerte de esa habitación. La golpeé repetidas veces hasta que murió.

            - Maldita bruja. – murmuré mientras le sacaba los ojos con las cucharillas del té para que aún muerta no pudiese utilizar su poder. Besé cada embrujo que estaba en mis manos y lo coloqué en su tocador, llorando. ¿Qué había hecho? Era mi amada, bruja o no… ¿O no? Me lavé las manos con un pañuelo, ignorando lo que ocurría a mí alrededor. La navaja del barbero flotaba a mi derecha mientras su cuerpo sin vida se levantaba, abriendo los ojos vacíos.

           - Soy tu amada, y de la muerte no puedes escapar, querido. – Susurró clavándome sus uñas en los ojos mientras me rebanaba la yugular y sus ojos se volvían hacia mí -aún sobre el tocador- para verme morir mientras la sangre fluía hacia mi pecho, doliéndome más el corazón que la propia muerte.

         Perdía la visión, sólo sentía el líquido viscoso y escarlata resbalar por mi piel, pegándose a ella mientras la mujer que amaba cogía su magia y volvía a rellenar sus cuencas vacías, vistiéndose de nuevo, colocándose las enaguas y otras diversas capas de tela que ocultaban la perfección maldita de su piel. Caí fulminado. Adiós vida, adiós magia, adiós amor.

Nely Macorix ‘14