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viernes, 29 de junio de 2018

Mis voces, ¿qué quieren?

Una epístola para el alma:

Han vuelto mis voces a gritar en mis entrañas,
En mi cabeza, maraña de putrefacción.
Las voces que quieren…
Volver a verme los cristales en la espalda,
Los que acuna mi pecho, esos tan afilados,
tan largos, tan profundos que reflejan luz y oscuridad.
Me atraviesan los costados, me cuesta respirar…
Se han clavado en mí, en mi corazón,
en mi alma, desangrándola e infectándola…
En esencia, mi mejor definición:
Soy una herida en la vida de quien me cruce,
maldición que desangra e infecta, que absorbe,
una hendidura que supura hiel y veneno,
la enfermedad en una bella historia
la trágica cicatriz que niegas ver cuando sale el sol.
La eterna certeza de lo que no debo ser y todo lo que soy.




sábado, 2 de julio de 2016

Desilusiones y Jacarandas sobre tu ventana

Ninguna era capaz de contestar. Las manecillas del reloj resonaban ensordecedoras en mi cabeza, palpitaban en mis oídos como un corazón desatendido. Después de habernos volcado todas unidas, caímos por separado. Luego ella pronunció las palabras mágicas <<no puedo seguir así>>, y aunque yo tampoco podía hacerlo, había decidido no desfallecer. Aún quedaba algo de mí latiendo para ella… Por desgracia, ya no quedaba nada para mí. 

Cuando todas cayeron me lo pregunté: ¿por qué?

A menudo medité, en silencio. El suficiente para no crisparte ni agobiarte, para respetar la soledad. En varias ocasiones tuve que ser adivina, intérprete y traductora de tus pupilas oxidadas por el tiempo. En otros muchos momentos tuve que ser consejera, amante y familia. Tantos papeles interpretaba que en ellos me iba perdiendo. Primero cayó la adivina, nunca se le dio bien atisbar la verdad en unas pupilas empañadas de mentiras, mucho menos en aquellas cuya verdad se ocultaba tras el velo de la negación. Más tarde cayeron la intérprete y la traductora, tus manos se movían siguiendo el discurso pero tus ojos desmentían todas las mentiras hermosas que me regalabas. Cuando cayeron las tres primeras alertaron a la consejera, dejé de lado a mi yo, al real, al verdadero, al aventurero que quiere recorrer la galaxia y los continentes del planeta azul, eternamente enamorado, pero, tanta crispación, tantos reproches y tantas incertidumbres por tu parte acabaron con el buen recuerdo que quería conservar de ese momento, arraigándose dentro de mí todos ellos. La que interpretaba a la familia permaneció con la mayor de las lealtades hasta que no soportó más la carga que llevaba, no la entendía y, cuando la entendió, no la merecía. La última en caer, sin duda, fue la amante. La amante se desvistió incontables noches y la atrajo entre sonrisas de verdadero sentimiento hasta sus brazos, a la desnudez de sus pechos blancos como las nubes de un día de sol, allí la acurrucó, la reconfortó y le confesó que su cuerpo, bajo aquel amor, podría ser el puerto, el ancla y hasta el mismísimo barco según le hiciera falta, en resumen, el lugar seguro que no quisiera abandonar pero del que pudiera entrar y salir con libertad. Sin embargo, esta tampoco resistió y se hundió.

Éramos como flores de Jacarandas cayendo al abismo que representaba el asfalto, constantemente rodeadas de las primeras suicidas al abrigo de las miradas de maduros y enamorados que paseaban por el parque donde mecían sus ramas.

Éramos los amantes trémulos y temerosos, por un lado se encontraba la inmadurez y, por el otro, la inexperiencia. Además, nuevos amantes se introdujeron, el miedo, la incertidumbre, la dependencia y la ansiedad. Aquella orgía emocional no podría salir bien.

La verdad es que nunca vimos una respuesta tan cercana. Siempre nos interrogábamos sin hallar respuesta clara. 

A menudo nos preguntábamos cuánto iba a durar.

(“- ¿Qué te ocurre? - Nada. - ¿Qué? - Nada. - Vale. - ¿Qué? - Nada.”)


Nely Macorix


miércoles, 1 de octubre de 2014

"Ars longa, vita brevis"

Diosa...
Diosa...
¡Diosa!

Tus manos doradas 
desnudan mi alma 
y entre los recovecos 
más oscuros
buscan 
la más tierna caricia 
que me fue arrebatada.
Olvidase ya 
el suave mecer de 
su pelo, 
la visión de 
sus ojos vidriosos 
cuando imploraba 
auxilio 
porque se ahogaba 
en el mar 
de la vida. 

Diosa...
Diosa...
¡Diosa!

Nely Macorix

sábado, 26 de julio de 2014

"Retazos"


Que alguien me mate; que me arranque las entrañas y, de entre ellas, que incinere mi corazón y mis gónadas. No habrán más sentimientos. No habrán más deseos. 

Que proteja mi cerebro y acaricie el conocimiento, que aunque escaso, está siempre vivo. O lo incinere junto a mis gónadas y mi corazón para que en la inexistencia existan siempre apasionados e ideales, eternos e inmortales.

Que alguien destroce mi conciencia; que rasgue cada recuerdo y cada memoria, y de entre ellas, que atesore las más desdichadas.
No habrá alegría. Habrá dolor. "Pero sólo quien conoce el dolor tiene el verdadero poder."

O mejor no. 

Que la mortalidad se detenga y que mis gónadas, mi cerebro y mi corazón junto al resto de mis vísceras permanezcan intactas e inalterables, como una ilusión, como el más cálido de los recuerdos. Que mi cuerpo permanezca lleno de vida y que el único fuego que lo queme, sea la llama que musicalmente galopa bajo mi pecho. 

Que alguien me reviva; que confeccione constelaciones con mis lágrimas, - de tristeza y de alegría - con las más brillantes.
Que se ilumine el cielo y cuando mis ojos se abran, enjugados, que se iluminen.

Que nadie me mate. Que nadie me reviva. Que nadie me ame. Que nadie me odie. Que nadie me minusvalore o atesore.

Únicamente yo. 

Nely Macorix '14

jueves, 17 de abril de 2014

"La inocente femme fatale"





La noche se había tornado sombría, las ramas desnudas que se veían por la ventana parecían aún más oscuras pero me preocupaba más la palidez de su rostro que la quietud tenebrosa del exterior al que era ajeno. Su vestido de encaje desataba en mí mis más bajos instintos. Habían pasado tantos siglos que aún esperando que mi sed se apagase no hacía más que avivarse. Su piel era fría, espectral pero su mirada era tan cristalina e inocente que me doblegaba como un amo a su vasallo, su siervo, su mascota, su esclavo... 


Mis sentimientos eran un denso mar de nubes que lloraba y no sabía si abrir paso al sol o cerrarlo, tan caóticos eran que aún no sé que sentía por ella además de un deseo visceral e irracional. 

Su pelo cobrizo que competía con el sol en brillo y luz, deslucía la habitación, pero eran sus ojos los que me poseían, era su apariencia inocente la que me consumía como una llama. La suave yema de sus dedos se deslizaba por mi barbilla, sentía la calidez helada de sus manos recorrer mi rostro, acariciar mi pelo. Mi corta melena, de la que ella tiraba con sus dedos haciendo que me arrodille a sus pies. Que empezase a desatar sus pequeños botines, descalzándola. Al contrario que otros muchos hombres no necesitaba más para dejar que mi imaginación volase. Ella sonreía con candor, como si admirase lo que hacía, analizándolo inocentemente. 

Esa inocencia impropia de una mujer de su edad me excitaba, era como una divinidad, no podía escapar de su embrujo ni quería. Suspiré a sus pies, terminando de descalzarla y ella comenzó a deslizar su falda, descubriendo sus rodillas, el naciente y la longitud de sus muslos hasta deleitarme con su ropa interior. Me sentía como un niño descubriendo un mundo totalmente nuevo. 

Se quitó la falda y empezó a desabotonar los botones de su camisa rojo carmesí descubriendo la fina lencería que la salvaguardaba de su desnudez. Estaba atado de pies y manos. Besó su dedo índice y me guió con él, apoyándolo sobre mis labios para que sintiera el extinto calor de su boca helado en sus manos. 

Me senté en el sillón al que me guiaba y ahí, sin mediar palabra se acercó a mis labios, admirándome atentamente, como un cazador a su presa, desatando mi cinturón con habilidad y bajando la cremallera de mi pantalón, insertando su mano en mi ropa interior, sintiendo la gelidez de su mano atrapar la dureza y el ardor de aquello que ella sin pestañear masajeaba. No podía evitar los jadeos, la alteración de la respiración. No podía siquiera evitar mirarla a los ojos mientras ella apartaba su ropa interior para dejar caer su peso con maestría sobre mí. Jadeé incluso con mayor intensidad al sentir como cuando se movía sobre mí tiraba de mi corbata, casi ahogándome sin que tal cosa me importara. Me atreví a mover mis manos obnubilado por el deseo que ella había decidido cumplir, presioné sus muslos, abriendo aún más sus piernas contra mí, apoyándose con ambas manos en mis hombros, gimiendo en mi boca como si desease que nuestras voces se fundiesen y con ello nuestra esencia. 

Desabrochó su sujetador y mis labios volvieron a cubrir sus pechos sin soltarla, sentía como se empapaba, cómo resbalaba cada vez que nos movíamos y la levanté en peso, arrinconando su espalda contra la pared mientras me movía dentro de ella, escuchando sus gemidos que penetraban mi oído, deleitándome en su sabor y en su calor mientras ella rasgaba mis hombros con la fiereza de sus uñas, sus garras. Me rajaba el corazón y la piel a partes iguales, doblegando con su encanto de femme fatale toda mi voluntad. 
Me incitaba con su mirada inocente y retadora. Se movía más rápido y más fuerte sobre mí y en lugar de gemir era tal el placer que gritábamos los dos, extasiados, deseando devorarnos. 

Se movía tan fuerte que había apresado sus caderas y las acometidas eran aún mayores, tal grado habían alcanzado que me fui entre sus piernas mientras ella relamía el gusto escarlata de sus labios y me volvía a besar introduciendo su lengua mortal dentro de mi boca, acariciando la mía con la suya mientras seguía suspendida en mis brazos, mostrándome su aguante volviendo a moverse aún sobre mí, dejándome sin aliento hasta hacer que con una fuerza sobrehumana cayese sobre el sillón clavando mi erección aún más dentro de su cuerpo, alcanzando dimensiones desconocidas, sintiendo su humedad palpitante como un corazón. 
Su calor inundaba mi miembro mientras ella volvía a moverse hasta hacerme desfallecer, volviendo a empapar mi piel y a besarme como si me dejase una nota de despedida cuando se marchó desnuda dejando en la habitación su ropa y su perfume.


Nely Macorix '14

"Siempre nos quedará... "



- ¿Cuál es el sentido de la vida?

+ Yo diría que  escucharte hablar.

- Exageras.

+ Lo digo en serio.

*Se ríe.*

+ Bueno, escucharte hablar y verte u oírte reír y sonreír.

- Anda ya.

*Esta vez sonrío de medio lado.* Es cierto, cuando te escucho no me siento sola y... cuando te ríes o sonríes iluminas el mundo, parece más humano, me siento más pequeña y más protegida, más viva y más feliz.

- No sé que decir... No creo que sea así.

+ No tienes que decir nada. Yo tampoco lo creo... Lo sé. Sé que el sonido de tu voz es equiparable a Orfeo, quien amansaba a las fieras y conmovía hasta el alma más solitaria y más perdida, brindándole todo lo bueno que la propia vida puede ofrecer, es cierto... 
Por eso, no creo que el sentido de la vida sea escuchar el sonido de tu respiración o el de tu risa o tener el privilegio de verla. Sé que ese es el sentido de la vida porque la vida es hermosa y no hay nada tan hermoso en la vida como tú.


Nely Macorix '14

sábado, 5 de abril de 2014

"Luci(los) y la no-vida del etéreo"

(Y así, mil años después... Escucha recomendada: A Thousand Words - Final Fantasy X-2)

Estaba sentada en un banco con su actitud de “todo me importa una mierda” mirando hacia el cielo totalmente nublado y en un momento, sin saber cómo, las vigas de una obra cercana se derrumbaron sin que se diese cuenta… La música de sus auriculares estaba excesivamente alta y no podía escuchar a la multitud de peatones gritando que se apartase, que se levantase, y justo en el momento en el que cerró los ojos y dejó de ver el cielo los escombros cayeron sobre ella.

– ¿Qué coño ha pasado? – Se preguntó mentalmente, ajena a la situación.

La muchedumbre se concentraba en el banco en el que ella estaba sentada. Pero, ¿cómo era eso posible? Ella estaba viendo la multitud desde fuera del banco destrozado por el peso de los escombros. Una imagen terrorífica azotó su tranquilidad al ver frente a ella a un familiar que hacía años que no veía, primordialmente porque estaba muerto. - ¿No podías bajar el volumen? – Interrogó el difunto. – ¿Q-qué? – Balbuceó ella nuevamente. – ¿Ves por qué tenías que bajar el volumen? – Musitó el fallecido y carraspeó como si sintiese pena por la prematura muerte de la chica que yacía en el banco.

–  Un momento. - ¿Qué estaba pasando ahí? La chica se abrió paso hasta el banco donde encontró su cadáver. Abrió los ojos. Miraba atónita a la gente que pasaba por su lado, atravesándola como si fuera un… ¿fantasma? Miró a su alrededor aún con mayor temor. Su tío, cuya apariencia y vestimenta parecía  propia de los años sesenta, la miraba con hastío, con decepción, con aburrimiento y con un brillo que la muchacha no podía descifrar. De cualquier modo dejó de prestarle atención cuando llegaba la ambulancia.
Tenemos que irnos, _____. – Ordenó aquel niño de un modo quizás tétrico. - ¿Qué? ¡NO! ¡ME NIEGO! – Gritó ella cuando el niño tiraba de su brazo, eran dos sustancias peleándose entre sí. Se agarró a un hombre mucho mayor que ella, absorbiendo parte de su esencia, la fuerza de éste, y se soltó de su tío, pero el anciano cayó al suelo de un infarto aparentemente. Respiraba agitadamente, no sabía qué hacer y la mirada de su tío cada vez era más siniestra, tortuosa, demoníaca incluso. Ella, reuniendo el poco valor que tenía volvió a agarrarse a la sustancia de la muchedumbre que caía debido a la pérdida de energía y volvió a adentrarse en su cuerpo… Estaba “a salvo”.

    Días después la chica despertó. No veía con claridad donde se encontraba, abría los ojos con un dolor de cabeza insoportable – como si perforasen su cráneo con un taladrador. Lograba abrir los ojos sumamente despacio, tenía el cuerpo entumecido de no haber podido moverse en varios días.

- ¿Aquella visión…? – Se preguntó al ritmo que se incorporaba. Se levantó y observó que su movilidad parecía normal y que las piernas habían sufrido mucho menos daño del que creía, se acercó al espejo de su habitación y observó su cara. Su torso, sus pechos, su estómago, sus costillas, sus brazos… Todo estaba perfecto, maliciosamente perfecto. Se miró a los ojos y a su lado vio el rostro de su tío sonriendo desde el orejero de la esquina.

Vaya, eres más dura de lo que pareces, ¿eh? – Comentó el niño sin inocencia alguna. Escudriñándola con la mirada. –  Supongo que te preguntarás por qué no tienes ninguna herida o cicatriz. – Ella asintió con la cabeza mientras él hablaba. – Verás, niña. - río entre dientes. – Cuando mueres, tu alma, por llamarla de algún modo, muestra al ser en su máximo esplendor. Muestra al ser perfecto con una belleza inmaculada e inmortal, sin rastro de enfermedad o herida que provocase su muerte. Cuando mueres tu alma vuelve a nacer y, al adoptar el mismo cuerpo que usabas antes de morir, éste ha adoptado esa misma habilidad.

Entonces… ¿Mi cuerpo ahora ha vuelto a nacer? ¿Es… Inmortal? – Le interrumpió extrañada.

SILENCIO. – Ordenó el niño desvaneciéndose del sillón y apareciendo frente a sus ojos. – Has de respetar a tus mayores. Quizás mi hermana haya olvidado tales modales pero, yo no. Después de todo provengo de una época en la que la palabra era el único bien importante y el único capaz de conseguir cualquier otro. – Explicó con añoranza. – Volviendo al tema que nos atañe. Lo que has hecho está muy mal. No has muerto cuando debías hacerlo porque así estaba escrito, has violado la ley de la vida. No obstante, no se te castiga con la muerte de nuevo.

– ¿Se me castiga? – Preguntó alzando la ceja izquierda con incredulidad.  – SILENCIO. – Volvió a ordenar levantando aún más la voz y duplicando el tamaño de su esencia, adoptando la altura de un hombre al que deba mirarse alzando la vista al cielo. – Se te castiga por incumplir la ley de la vida y la muerte. Cuando alguien muere ha de abandonar este mundo. Tú, en lugar de abandonarlo te has aferrado a él y has “reutilizado” tu cuerpo. Curándolo y volviéndolo inmortal. Tu cuerpo jamás morirá y si tu cuerpo jamás muere tu alma tampoco lo hará. La cuestión es, ¿crees que estás preparada para sobrellevar la no-vida que te espera? ¿Para tener una familia y perderla una y otra vez? ¿Para amar a alguien y perderlo una y otra vez? – Preguntó el fantasma finalmente.

Hmm… - La chica era meditabunda. Sus ojos grises delataban su dilema. Miró el cielo a través de la ventana, el movimiento de las nubes y reprodujo las mismas sensaciones que los recuerdos que acompañaban esa visión. – No estoy preparada para morir. – Se limitó a responder.

Entonces… Que así sea. – Sentenció el chaval y se desvaneció. 

Nely Macorix '14

martes, 1 de abril de 2014

"¿Qué va a ser de mí?"




Cuéntame, tú, que has visto mundo y conocido gente si los sueños se cumplen o solo los enterramos cuando es mayor el dolor de no realizarlos que la ilusión por llevarlos a cabo.

Cuéntame, tú, que de la experiencia tierna bebes. 
¿Qué es de la vida y de sus placeres? 
¿Qué del tiempo y sus quehaceres? 
¿Qué de quien ama sin quererlo, y qué de quien no ha amado aún queriendo?

Cuéntame, por tanto, ¿qué es de ti, diosa del azar y la casualidad?
¿Qué es de ti, qué haces y deshaces a tu antojo y que ni tiempo ni lugar te importa... ?

Cuéntame, ¿qué va a ser de mí? 
¿Veré florecer o marchitarse las flores? 
¿Me inundaré con sus olores y me asombraré con sus 
formas y colores?

¿Veré, tal vez, la expresión satisfecha de quien realiza sus sueños y, con emoción, se rodea de seres queridos y amados que desde el inicio le acompañaron? 

Cuéntame, ¿qué va a ser de mí? 

¿Es mi principio... o es mi fin?

Nely Macorix '14

domingo, 30 de marzo de 2014

"Apatía"


Flota como una pluma,
Hiere como un cuchillo,
Endulza como la magia,
Amarga como la realidad. 

No es tranquilidad eterna, 
Ni lamento sin fin. 
No es risa que cautiva,
Ni lágrima que conmueva.

No es, reina mía, sino apatía
de una mutilada ilusión
que antiguamente vivía.

Nely Macorix '14

lunes, 17 de marzo de 2014

"Vete, Victoria"

"Vete, Victoria"
(Parte I)



(Escucha recomendada para la lectura: "I wanna be your dog - The Stooges")

 - ¿Qué haces aquí? - Inquirí desde el rincón más lúgubre de mi habitación, abrazada a mis rodillas bajo la protección de esa esquina majestuosa que distraía la mirada de Victoria. - Vete. - Murmuré. No quería tener nada que ver con ella después de lo sucedido; pero ella no se movió ni un ápice. Permaneció inamovible y en lugar de obedecer mi orden se fue acercando lentamente hacia mí, quedando a mi altura al arrodillarse y admirándome con una sonrisa, estudiándome como si fuese lo más interesante que había visto en mucho tiempo. 

- No. - Se limitó a responder hasta que alcé la vista. 

- No quiero que se repita. Y tú tampoco. Ambas lo sabemos. - Sentenciaba una y otra vez con cada frase, cortante como el cristal. Ella me tiró del pelo como la última vez que nos acostamos y me obligó a ponerme de pie, sino lo arrancaría... Me levanté y me quedé a su altura llevando mi mano a su nuca. La tensión que se respiraba podría cortarse con un cuchillo y servirse de postre. Victoria se mordía el labio, visiblemente tentada por mi rebeldía, por mi dominación cuando la tomé del pelo desde la nuca. 

- Dime qué quieres. - Ordené sin levantar más mi voz, haciendo a un lado al dolor, dejándome llevar por lo que ella ansiaba de mí. Preparándome para darme lo único que ella quería. 

- A ti. - Susurró. Y, en medio del susurro su lejanía se extinguió en mi boca. Podía sentir su calor, la textura de sus labios, la textura de su piel erizándose bajo la yema de mis dedos. Mi corazón desbocado cual caballo parecía querer huir de ahí, salir de mi pecho desgajando mi piel y no volver hasta sentir su éxtasis resbalando por mi garganta. Mi mente se nublaba, ella me pegaba contra la gélida pared. Sus manos, cálidas, se infiltraban bajo mi ropa bajo su atenta visión y yo desabotonaba su camisa con curiosidad, como si jamás la hubiese visto, deseando desgarrarla como este sentimiento me desgarraba a mí. Cuando separó sus labios volví a besarla, sin dulzura, sin ternura, únicamente con deseo, con instinto, con hambre. Aflojé su falda y esta cayó al suelo, mis manos recorrían su cuerpo como si fuese alguna clase de mapa que intentaba memorizar. Separé mis labios apenas, mi aliento cálido colisionaba contra su boca, jadeante, semidesnuda, deseosa de mí, de sentir la atracción fatal que siempre me hacía llegar a este punto.

- Mmm... - apenas murmuró cuando sintió mis dientes en su cuello mientras la levantaba por los muslos para subirla a la mesa.  - A mí no puedes tenerme. - Aseguré rasgando su ropa interior mientras el rubor de la excitación cargaba sus mejillas y sus pupilas se dilataban al abrir sus piernas para mí. Estaba muy empapada. 

- Hazlo ya... - Murmuró al ver la malicia de mis ojos cuando le negaba mi posesión mas no mi placer. Sonreí con diversión y deslicé la punta de mi lengua por su cuello, bajando por sus pechos, desabrochando su sostén y dejándolo caer mientras mi lengua continuaba su recorrido, deteniéndose en el relieve que antes se ocultaba. Mis dedos, por su parte, recorrían el sendero marcado de sus costillas, la longitud de su cintura, el ancho de sus caderas, perdiéndose en sus muslos con tranquilidad mientras ella se frotaba contra ellos, deseando sentirlos dentro. - ¿Cómo se pide? - Pregunté deslizando uno de mis dedos con lentitud entre sus piernas, impregnándome de su humedad, sintiendo el olor de su sexo penetrando mis fosas nasales y su aliento cálido quemando mi garganta por culpa del deseo. No quería hacerlo, era superior a mí.  - Por favor... - Imploró ella por culpa del deseo, hasta que en medio de la educación sintió como se erguía mi corazón dentro de ella que dejaba escapar un gemido de sorpresa y excitación. 

Empezaba a moverse contra él y el anular lo acompañó también, los movía muy despacio y ella se desesperaba cuando yo frenaba su cadera... Sus uñas se clavaban en mi nuca, en mis hombros y arañaban y desgarraban mi espalda. Era tan fiera... Mordí su labio inferior y elevé una de sus piernas, me movía dentro de ella con el ímpetu que ella imploraba, me tiraba del pelo, me lamía, me mordía, me arañaba, me hería y yo bajaba con mi lengua para reunirme con mis dedos visualizando la lujuria de sus ojos, el éxtasis, la incontinencia verbal, los insultos, las plegarias, los gemidos fruto del orgasmo. Sus piernas intentaban cerrarse y ahí es cuando mi brazo ejercía un candado contra la misma, haciendo que se retorciese de placer en mi boca, deseando que su elixir se arrastrase por mi lengua y mi garganta, sintiendo su calor, cómo su hendidura palpitaba de excitación, como el ardiente rocío cubría sus muslos. Sus gritos perforaban mis tímpanos, pensaba que iba a quedarme sorda, lo sentía, pero aquel sabor, aquel calor, aquel olor... Aquello me absorbía mientras ella dibujaba con sangre cinceladas sobre mi espalda hasta sentir cómo se corría en mi boca.



Nely Macorix '14

jueves, 13 de marzo de 2014

(Resubiendo)





Inconsciente, ¿qué has hecho? Rápidamente se gira, me mira, y el pánico se apodera de mi cuerpo, no me responden las piernas, parecen de gelatina marina y creo sentirme desvanecer. Es otoño del 1993 y aquí estoy, sin arma en mano con la que defenderme sino flores que soplar al viento para que, al menos, un poco de alegría llegue hasta personas que se sienten incluso más desoladas que yo. Es otoño, y las hojas caen como pasan los años, igual de rápido y con el mismo dolor. Deseo que llegue la nieve, que me cobije ese manto blanquecino y me duerma. Me duerma sin tinta roja, palideciendo mi piel en una quietud que turbaría al más osado. 
Maybe, someday.


PD: Existen archivos que nunca fueron respaldados, por tanto, iré subiendo aquellos que en su día estuvieron en papel -y conservo- (así como los relatos) al mismo tiempo que subiré cosas nuevas.



Nely Macorix '14