Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexión. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de julio de 2016

El contraste de la suerte


Ahora las estaciones están cayendo a nuestro alrededor
Dentro del baúl de la fotografía.
Recuerdo mutilaciones de un pasado cuyo futuro veía incierto,
El sabor de la sangre al filo del precipicio
y la muerte al borde del cuchillo.
En el límite, revolviendo el pelo se aproximan los alisios,
huracanes para desgranar una melena
como una maraña de recuerdos.

Un bosque para suicidarme, por favor,
cada noche cuando revuelves el cajón
de la memoria, nunca sabes lo que tienes.
Proyectábamos las imágenes que reproducen,
Bajo la nieve, las cinematográficas
Y en blanco y negro, las literarias realidades.
Mis sentimientos son como piezas de un puzzle,
De quinientas piezas,
Despiezados por un verdugo con mis pensamientos,
Si a doscientas llega
Demasiado me parece.

Oye, sóplame aquí,
se me ha metido un poema en el ojo – digo,
Me sacudo la prosa de los hombros
Exhalo un ensayo con la boca

Y un último suspiro.


Nely Macorix

domingo, 24 de abril de 2016

"La Puta Guerra"

“Existe la estúpida creencia de las personas por el cambio, no el cambio entendido como la constante que rige la vida, sino del cambio de una persona hacia algo mejor de lo que es, una excusa para autoengañarnos y permanecer bien atadas a las cadenas del motivo de nuestra infelicidad. Y es que, en cierto modo, el ser humano no comprende la felicidad sin la infelicidad, la fidelidad sin la infidelidad, la lealtad sin la traición, la alegría sin la tristeza y, es que, al igual que los colores primarios, cada emoción, pensamiento y acto tiene su complementario. Es, también, estúpida la creencia de que los seres humanos por naturaleza son buenos, así como lo es la creencia de que los seres humanos por naturaleza son malos, estos no son ni lo uno ni lo otro, únicamente son.

            Sin embargo, he de corregir una teoría que yo, estúpida e ilusa de mí, llevaba hasta los últimos términos “quien tiene el verdadero poder no es aquel con dinero, si no aquel que conoce el dolor; la persona que conoce el dolor puede elegir si hacerte sufrir o, por el contrario, evitarte el sufrimiento”, resulta que, ilusa de mí, como ya dije, no es hasta hoy cuando me doy cuenta de que esta teoría es engañosa y, aunque tiene su parte de razón, existe una tercera cláusula, mucho más cruenta respecto a la vida y a los humanos: ¡esto es una puta guerra! En una guerra jamás elegirás evitar el sufrimiento del “enemigo”, del contrario, del otro que no es el yo, de aquel que desea matarte antes de terminar sin vida ante ti. Entonces, en una maldita guerra, jamás preferirías evitarles sufrimiento al rival, lo único que desearías, como en cualquier aspecto de la vida es no morir y, a ser posible, no acabar tan herida como para no poder vivir, deseas que, si es posible, no tengas daño alguno y que si lo tienes sea lo suficientemente nimio como para acudir a tu trinchera a la menor oportunidad para lamerte como un felino viejo el tiempo necesario hasta recuperarte y, con suerte, el tiempo necesario para que pase la guerra.

            La realidad es lo contrario a nosotros y lo mismo que nosotros, sucumbimos a un espejismo de la realidad que nos obnubila con promesas baratas de amor, de cambio, de amistad, de fidelidad y no percibimos que la única persona que, quizá, podría ser leal hasta el extremo es la propia persona. Qué ironía. Pensar que íbamos a descubrir que hasta nosotros mismos podemos traicionarnos, apretar el gatillo contra la sien y decorar la pared blanca de color carmesí sin necesidad de un opuesto que nos ayude a aplicar la fuerza necesaria en nuestros dedos. Qué ironía que amemos incluso más de lo que nos amamos y, sobre todo, qué ironía es que estemos todos metidos hasta el culo en esta puta guerra, jugando a ser jueces, dioses o santos, que trivializan, banalizan y frivolizan a pura conveniencia afirmando que antes se quitarían la vida que asesinar cuando la realidad es que herirías antes de ser herida.

            Quizá veinticinco otoños eran los necesarios para desenfundar el arma después de las numerosas mutilaciones y los incesantes disparos desde todos los flancos, amigos y enemigos en los que las ráfagas de balas, una vez lanzadas, no distinguen aliado o contrincante. Quizá, sencillamente, deberíamos quemar la bandera blanca para alzar una bandera negra que anuncie que este enfrentamiento tendrá lugar hasta que quede la última persona en pie. Esto, habitantes del mundo, es la guerra y, desde hoy, voy a por vosotros. Preparad bien vuestras trincheras, aprovisionaos, coged el botiquín necesario porque me estoy abriendo fuego entre las minas de vuestras lenguas y la boquilla de mi arma está a punto de estallar rozando el vello de vuestras sienes para poder relamer la sangre que coloree mis labios.”


X. Nely Macorix

martes, 19 de abril de 2016

Bajo la luna, nada entre palmeras.

Me disipo entre la niebla
como la luna ocultándose entre las nubes,
me vuelvo invisible
como los pasos bajo la lluvia,
como una sonrisa refugiada
bajo el humo del tabaco 

en un club de alterne con ambiente lúgubre. 

Me vuelvo un ser apático
con los problemas cotidianos
y resto importancia a los gritos,
a las sonrisas y a las lágrimas de la falsedad;
y miro con ojos amables
y tiendo una mano cálida
a las emociones de verdad.

lunes, 21 de marzo de 2016

El baúl de la fotografía: en blanco y negro

(Sólo una persona conoce la clave... el resto, abstenéos)

Vincent


I


         Intenta escribir la primera línea, las palabras no afloran de sus manos, piensa en el invierno de su abismo, en el de sus palabras, en el de sus emociones, cada vez más ajeno. Medita un instante, lo que tarda en encenderse un cigarrillo mientras escucha el canto de los pájaros dando la bienvenida al amanecer. Se hastía. Destroza la hoja: primero la parte por la mitad, luego por la mitad de la mitad y, finalmente, en un ataque de cólera destroza lo poco que queda del folio donde intentaba descansar su mente.

            Saca otra hoja. “Intentar”, piensa. Se detiene de nuevo, mira la hoja en blanco, la garabatea insatisfecho, resopla, se levanta el pelo húmedo de la frente y da otra calada al cigarrillo. Medita, nuevamente. Entonces, sin proponérselo, la tercera hoja ha caído sobre el viejo escritorio y tiembla. Las palabras resbalan mudas por sus mejillas. Contempla el ocaso, la nada, el infinito, la vida, la muerte, el amor, el desamor. El odio, ese profundo odio que había ido anidando en el fuero interno de su corazón, bajo un armazón metálico que lo cobijaba y, al mismo tiempo, lo alejaba, evitando que las otras emociones pudieran contaminarse. El ser humano tiene una curiosa forma de represión y de expresión. Por fin ha salido algo de tinta, algo inteligible, que plasma en el papel  algo que nace: incertidumbre.

            Se ve a sí mismo, tiempo atrás, rodeado de falsos seres queridos que no han acudido a su velatorio. El hombre carraspea, rojo de ira, frustrado, lleno de rabia y con los ojos acuosos y los tachones ilegibles de su escritura comienzan a cobrar sentido. “Nunca pensé que el demasiado tarde llegara demasiado pronto”, sentencia la hoja. La observa con curiosidad, como si fuera la primera vez que logra derribar el muro del odio que había ido cosechando en su soledad. De repente, las caras de aquellos allegados felices desaparecen y con ello las innumerables muestras de afecto ahora enturbiadas por la indiferencia, la falta de atención, de tacto y de interés. Entonces se ve en sus recuerdos, alejando a cada persona que decía estimarlo descubriendo que, en realidad, la estima no era tanta.

            La soledad hace acto de presencia, no es una compañera dulce pero, en ocasiones, se hace de rogar. Florece, como la primavera muerta de sus palabras. “Ella no te tiene presente”, piensa de nuevo y descarta este pensamiento respirando profundamente, dando una gran bocanada de aire al universo, vaciándose de sí para llenarse de su nueva esencia gélida, desconfiada y cínica. Sonríe entendiendo que acepta su soledad, su gelidez, su desconfianza y su cinismo, rechazando a las personas. Cuando Valeria le dijo “la vida es fácil, las personas son difíciles”, le azotó el pensamiento en el fondo del abismo como una ráfaga de lluvia que dirigiese contra su cara. Se maldijo por haber creído aquello. Se desmaldijo. Él quiso creerlo, ella no tuvo la culpa.

            No obstante, las otras personas de su lista de odio habían exprimido lo poco humano que le quedaba cuando se dio cuenta de lo poco que valían muchas personas. Quiere creer que existe alguien que valga la alegría y la pena, pero… ha visto tanta miseria que no le quedan ni fuerzas ni ganas para creer en ello. Se levanta de la mesa tras anotar las últimas palabras que intercambió con Valeria antes de que cogiera la guagua a San Antonio, negó con la cabeza, ya de pie y fue a por café.

            “La vida es dura y cuanto antes lo aceptes, mejor”, pensó para sí mismo. A sus cuarenta años de edad tenía la misma desilusión que un niño cuando ve por primera vez cómo es el mundo, cruel, egoísta, impasible… miró por la ventana tras un largo sorbo de café y la construcción sórdida de la humanidad frente a él sólo se lo confirmaba. Buscaba algo que lo desmintiera, quería creer. Cuando el mundo es un lugar tan frío sólo puedes arroparte a ti, ello implica que debes dejar a aquellas personas con sus falsas muestras de preocupación y cariño aparte, viajar a la deriva en su propio barco. Eso implica, también, que ha de dejar de ser el ancla que los soporta y ayuda a estar cerca del muelle, a salvo del peligro. Cuando el cigarrillo se consumió encendió otro y se lo fumó como si absorbiera el elixir de la vida por unos instantes, como si aquella calada, aquel humo caduco y venenoso que se corría por sus pulmones fuera a reconfortarle… y en cierto modo, lo hacía.

            El día empezaba a clarear, el crepúsculo despuntaba amenazador como su promesa contra las montañas, contra los habitantes, contra las piedras… contra el mundo. Frunció el entrecejo y se metió dos pastillas con café por la garganta. Ya era la hora. Subió al taburete y agarró el lazo con las manos, miró su hoja semiblanca-semiescrita y colocó a sus fantasmas dentro. Los quejidos se escuchaban por toda la casa como almas suspendidas en el dolor del infierno, vagando eternamente entre llantos de cadenas. Cogió los amores, los buenos recuerdos, las fotos en blanco y negro y las metió en el lazo. Con todo el odio posible, mientras lo acortaba, apareció ella en el espejo, sus recuerdos reflejados pidiéndole vivir en su memoria aunque se contaminaran del odio, pero él no accedió. Los recuerdos le recordaban que cada mal o buen suceso que había tenido lugar en su vida, lo hablaba y que mediante la comunicación y la atención todo se solucionaba.

            Él, triste, apático, sin gran interés, sonrió de medio lado y giró la cabeza dos veces: “no” fue lo único que escapó de sus labios. Los recuerdos se iban deformando, las caras se derretían y los lugares cambiaban de sitio y de decoración. Una vez muertos los recuerdos tal y como los conocía se decidió a derribar la estúpida barricada que había construido dentro de su abismo para salvaguardar el resto de sentimientos, pero ya nada importaba, todo le daba igual, las horas de sueño, de orgasmo o de risas, de tristeza, de lágrimas o heridas… ya poco importaba todo aquello. Así que… ¿por qué no deshacerse de todos aquellos recuerdos en el que los dulces le hacían entristecer y los amargos le hacían encolerizar? ¿Por qué no rendirse a la apatía y vivir el resto en tranquilidad? ¿Por qué no empezar de nuevo… pero más fuerte? Antes de ir a trabajar sospechaba que no podría dar respuesta a aquellas preguntas, pero, siendo que el dolor era igual de insoportable sabiendo el porqué de las cosas que el por qué no… ¿Para qué preguntarse por qué?

            Salió de la habitación y abrió la puerta que daba a la calle. Llovía y hacía viento, como si Céfiro con él intentara apaciguar la lluvia de su alma, pero ya nada podía hacerlo. Estaba condenado a vivir para siempre en los inviernos de su memoria.

            Tras caminar durante cinco minutos absorto en el movimiento de las nubes, y contando con la suerte de que nadie le atropellara de camino al trabajo, llegó a la estación de tren. Allí compró un billete sólo de ida hacia el centro de la ciudad. Su único trabajo era documentar, escuchar secretos y venderlos a quienes mejor les viniera. Sin embargo, esta vez el trabajo era distinto, quería exorcizarse a sí mismo, exorcizar sus recuerdos, dejarlos irse de su alma y de su memoria, quería permitir la entrada al invierno de sus entrañas también en su cabeza y por completo.



 CONTINUARÁ.

sábado, 27 de febrero de 2016

"Corazones de cristal"

¿Tienes un Corazón de Cristal?
La primera vez que fui consciente de que los seres humanos teníamos corazón yo tenía diecinueve años. Había escuchado hablar de la mecánica del corazón, de como funcionaba, del latir que bombea la sangre necesaria para la vida, de la limpieza de este importante órgano para mover el oxígeno que nos hacía mirar al sol como las plantas. Destruye todo lo malo-o al menos lo intenta-en una clase de sinergia mágica, asombrosa, con el cerebro. Para mí no es el corazón un órgano creado a partir de membranas, telas u otros filamentos cárnicos y nervioso con una función monótona como la de bombear la sangre. Para mí, los corazones están hechos de cristal. Los corazones son una habitación donde encierras los recuerdos que no caben en la memoria. Los corazones de cristal son como un gran desván antiquísimo donde se apilan los libros polvorientos que una vez alguien disfrutó, a los que una vez alguien acudió en busca de consuelo o evasión, los juguetes de la infancia, que ayudaban a descubrir el mundo, la bondad y la maldad. Los corazones son de cristal por su fragilidad, son más delicados que los músculos, fácilmente corruptibles. Lo que ocurre en un corazón de cristal se queda ahí; donde pertenece, en el desván del alma al que nadie accede, el desván del terror. Un corazón de cristal se rompe, se astilla, se agrieta, hace crac. Un corazón así, aunque se despiece en mil astillas diminutas, no pierde los recuerdos, destruidos o no por la implosión del mineral, uno así conserva en cada astilla la historia y mantienen para sí la esencia definitiva y última que cualquier otro ser humano desea arrebatar a los demás, por lo que, un corazón de cristal, fragmentado, agrietado, desgranado, de cualquiera de las maneras conserva la vida. Porque este tipo de órganos raramente son eliminados de la faz de la tierra, pudiera decirse que un corazón de cristal es un cúmulo de energía materializada que ocultamos en el cuerpo como las piedras preciosas se esconden en una cueva, que estos, al igual que la energía, únicamente se transforman.

En síntesis:
La mecánica del corazón
Destruye los recuerdos
que no caben en la memoria.
Los recuerdos, destruidos
mantienen la vida
y se transforman.

lunes, 22 de febrero de 2016

"Formica"

    A veces me siento en la cornisa del edificio más alto de la ciudad y observo directamente a la noche, ocultando a la luna con nubes, como si temiese que el mentido robador de Europa se dejara caer y se la llevara, sumiendo el mundo en una oscuridad infinita. Cuando la descubre para mí, la admiro, como el fenómeno más hermoso de la faz de la tierra y desvío la vista hacia el pavimento lejano con el que me fantaseo, en ocasiones, formando parte de la decoración, observo las luces, los coches, el humo pútrido, denso y oscuro que asciende por las colinas de cemento que se erigen majestuosas en Las Palmas y las manchan. Observo a los viandantes, parecen diminutas hormigas sin ningún tipo de organización, sin ningún tipo de plan… tan perdidas como yo, en esos momentos, deseo levantar el índice y apretarlas una a una contra la acera para hacer que corran en la misma dirección y cooperen entre sí y así, en medio de la miseria, que aprendan a encontrarse. Entonces me imagino dentro de la multitud, deseando que alguien me deje una brújula para reconducir mi vida y poder, por una vez, respirar en calma.
 

sábado, 26 de julio de 2014

"Retazos"


Que alguien me mate; que me arranque las entrañas y, de entre ellas, que incinere mi corazón y mis gónadas. No habrán más sentimientos. No habrán más deseos. 

Que proteja mi cerebro y acaricie el conocimiento, que aunque escaso, está siempre vivo. O lo incinere junto a mis gónadas y mi corazón para que en la inexistencia existan siempre apasionados e ideales, eternos e inmortales.

Que alguien destroce mi conciencia; que rasgue cada recuerdo y cada memoria, y de entre ellas, que atesore las más desdichadas.
No habrá alegría. Habrá dolor. "Pero sólo quien conoce el dolor tiene el verdadero poder."

O mejor no. 

Que la mortalidad se detenga y que mis gónadas, mi cerebro y mi corazón junto al resto de mis vísceras permanezcan intactas e inalterables, como una ilusión, como el más cálido de los recuerdos. Que mi cuerpo permanezca lleno de vida y que el único fuego que lo queme, sea la llama que musicalmente galopa bajo mi pecho. 

Que alguien me reviva; que confeccione constelaciones con mis lágrimas, - de tristeza y de alegría - con las más brillantes.
Que se ilumine el cielo y cuando mis ojos se abran, enjugados, que se iluminen.

Que nadie me mate. Que nadie me reviva. Que nadie me ame. Que nadie me odie. Que nadie me minusvalore o atesore.

Únicamente yo. 

Nely Macorix '14

domingo, 15 de junio de 2014

"Intentos frustrados; "escribidores" trasnochados"



Respiramos rápidamente.
Vivimos agitadamente y 
Morimos lentamente.


Intentamos dejar una huella,

imprimir un recuerdo 
en el mundo.

Intentamos vivir eternamente, 
¿de nuestra "obra"?
Quizá dure unos años más 
que el recuerdo de nuestra muerte.

Intentamos encajar por miedo
en lugar de encajar por quererlo.


Intentamos tanto que...


Respiramos rápidamente.

Vivimos agitadamente y
Morimos lentamente.


Nely Macorix '14

"El agua de la vida"


La laguna la mece con debilidad,
apenas cuenta diez años 
en el cuerpecillo ausente 
que mecen las tranquilas aguas.

El río la mece con brío y en años 
ese bien formado cuerpo de mujer
solo cuenta con veinticinco.

En el mayor de los caudales confluyen
ríos y riachuelos y entre ellos
con cinco décadas contaba...

Fluye hacia el mar. 
Fluyó. 
Y más años no contó.

Nely Macorix '14

jueves, 17 de abril de 2014

"Siempre nos quedará... "



- ¿Cuál es el sentido de la vida?

+ Yo diría que  escucharte hablar.

- Exageras.

+ Lo digo en serio.

*Se ríe.*

+ Bueno, escucharte hablar y verte u oírte reír y sonreír.

- Anda ya.

*Esta vez sonrío de medio lado.* Es cierto, cuando te escucho no me siento sola y... cuando te ríes o sonríes iluminas el mundo, parece más humano, me siento más pequeña y más protegida, más viva y más feliz.

- No sé que decir... No creo que sea así.

+ No tienes que decir nada. Yo tampoco lo creo... Lo sé. Sé que el sonido de tu voz es equiparable a Orfeo, quien amansaba a las fieras y conmovía hasta el alma más solitaria y más perdida, brindándole todo lo bueno que la propia vida puede ofrecer, es cierto... 
Por eso, no creo que el sentido de la vida sea escuchar el sonido de tu respiración o el de tu risa o tener el privilegio de verla. Sé que ese es el sentido de la vida porque la vida es hermosa y no hay nada tan hermoso en la vida como tú.


Nely Macorix '14

sábado, 5 de abril de 2014

"Luci(los) y la no-vida del etéreo"

(Y así, mil años después... Escucha recomendada: A Thousand Words - Final Fantasy X-2)

Estaba sentada en un banco con su actitud de “todo me importa una mierda” mirando hacia el cielo totalmente nublado y en un momento, sin saber cómo, las vigas de una obra cercana se derrumbaron sin que se diese cuenta… La música de sus auriculares estaba excesivamente alta y no podía escuchar a la multitud de peatones gritando que se apartase, que se levantase, y justo en el momento en el que cerró los ojos y dejó de ver el cielo los escombros cayeron sobre ella.

– ¿Qué coño ha pasado? – Se preguntó mentalmente, ajena a la situación.

La muchedumbre se concentraba en el banco en el que ella estaba sentada. Pero, ¿cómo era eso posible? Ella estaba viendo la multitud desde fuera del banco destrozado por el peso de los escombros. Una imagen terrorífica azotó su tranquilidad al ver frente a ella a un familiar que hacía años que no veía, primordialmente porque estaba muerto. - ¿No podías bajar el volumen? – Interrogó el difunto. – ¿Q-qué? – Balbuceó ella nuevamente. – ¿Ves por qué tenías que bajar el volumen? – Musitó el fallecido y carraspeó como si sintiese pena por la prematura muerte de la chica que yacía en el banco.

–  Un momento. - ¿Qué estaba pasando ahí? La chica se abrió paso hasta el banco donde encontró su cadáver. Abrió los ojos. Miraba atónita a la gente que pasaba por su lado, atravesándola como si fuera un… ¿fantasma? Miró a su alrededor aún con mayor temor. Su tío, cuya apariencia y vestimenta parecía  propia de los años sesenta, la miraba con hastío, con decepción, con aburrimiento y con un brillo que la muchacha no podía descifrar. De cualquier modo dejó de prestarle atención cuando llegaba la ambulancia.
Tenemos que irnos, _____. – Ordenó aquel niño de un modo quizás tétrico. - ¿Qué? ¡NO! ¡ME NIEGO! – Gritó ella cuando el niño tiraba de su brazo, eran dos sustancias peleándose entre sí. Se agarró a un hombre mucho mayor que ella, absorbiendo parte de su esencia, la fuerza de éste, y se soltó de su tío, pero el anciano cayó al suelo de un infarto aparentemente. Respiraba agitadamente, no sabía qué hacer y la mirada de su tío cada vez era más siniestra, tortuosa, demoníaca incluso. Ella, reuniendo el poco valor que tenía volvió a agarrarse a la sustancia de la muchedumbre que caía debido a la pérdida de energía y volvió a adentrarse en su cuerpo… Estaba “a salvo”.

    Días después la chica despertó. No veía con claridad donde se encontraba, abría los ojos con un dolor de cabeza insoportable – como si perforasen su cráneo con un taladrador. Lograba abrir los ojos sumamente despacio, tenía el cuerpo entumecido de no haber podido moverse en varios días.

- ¿Aquella visión…? – Se preguntó al ritmo que se incorporaba. Se levantó y observó que su movilidad parecía normal y que las piernas habían sufrido mucho menos daño del que creía, se acercó al espejo de su habitación y observó su cara. Su torso, sus pechos, su estómago, sus costillas, sus brazos… Todo estaba perfecto, maliciosamente perfecto. Se miró a los ojos y a su lado vio el rostro de su tío sonriendo desde el orejero de la esquina.

Vaya, eres más dura de lo que pareces, ¿eh? – Comentó el niño sin inocencia alguna. Escudriñándola con la mirada. –  Supongo que te preguntarás por qué no tienes ninguna herida o cicatriz. – Ella asintió con la cabeza mientras él hablaba. – Verás, niña. - río entre dientes. – Cuando mueres, tu alma, por llamarla de algún modo, muestra al ser en su máximo esplendor. Muestra al ser perfecto con una belleza inmaculada e inmortal, sin rastro de enfermedad o herida que provocase su muerte. Cuando mueres tu alma vuelve a nacer y, al adoptar el mismo cuerpo que usabas antes de morir, éste ha adoptado esa misma habilidad.

Entonces… ¿Mi cuerpo ahora ha vuelto a nacer? ¿Es… Inmortal? – Le interrumpió extrañada.

SILENCIO. – Ordenó el niño desvaneciéndose del sillón y apareciendo frente a sus ojos. – Has de respetar a tus mayores. Quizás mi hermana haya olvidado tales modales pero, yo no. Después de todo provengo de una época en la que la palabra era el único bien importante y el único capaz de conseguir cualquier otro. – Explicó con añoranza. – Volviendo al tema que nos atañe. Lo que has hecho está muy mal. No has muerto cuando debías hacerlo porque así estaba escrito, has violado la ley de la vida. No obstante, no se te castiga con la muerte de nuevo.

– ¿Se me castiga? – Preguntó alzando la ceja izquierda con incredulidad.  – SILENCIO. – Volvió a ordenar levantando aún más la voz y duplicando el tamaño de su esencia, adoptando la altura de un hombre al que deba mirarse alzando la vista al cielo. – Se te castiga por incumplir la ley de la vida y la muerte. Cuando alguien muere ha de abandonar este mundo. Tú, en lugar de abandonarlo te has aferrado a él y has “reutilizado” tu cuerpo. Curándolo y volviéndolo inmortal. Tu cuerpo jamás morirá y si tu cuerpo jamás muere tu alma tampoco lo hará. La cuestión es, ¿crees que estás preparada para sobrellevar la no-vida que te espera? ¿Para tener una familia y perderla una y otra vez? ¿Para amar a alguien y perderlo una y otra vez? – Preguntó el fantasma finalmente.

Hmm… - La chica era meditabunda. Sus ojos grises delataban su dilema. Miró el cielo a través de la ventana, el movimiento de las nubes y reprodujo las mismas sensaciones que los recuerdos que acompañaban esa visión. – No estoy preparada para morir. – Se limitó a responder.

Entonces… Que así sea. – Sentenció el chaval y se desvaneció. 

Nely Macorix '14

martes, 1 de abril de 2014

"¿Qué va a ser de mí?"




Cuéntame, tú, que has visto mundo y conocido gente si los sueños se cumplen o solo los enterramos cuando es mayor el dolor de no realizarlos que la ilusión por llevarlos a cabo.

Cuéntame, tú, que de la experiencia tierna bebes. 
¿Qué es de la vida y de sus placeres? 
¿Qué del tiempo y sus quehaceres? 
¿Qué de quien ama sin quererlo, y qué de quien no ha amado aún queriendo?

Cuéntame, por tanto, ¿qué es de ti, diosa del azar y la casualidad?
¿Qué es de ti, qué haces y deshaces a tu antojo y que ni tiempo ni lugar te importa... ?

Cuéntame, ¿qué va a ser de mí? 
¿Veré florecer o marchitarse las flores? 
¿Me inundaré con sus olores y me asombraré con sus 
formas y colores?

¿Veré, tal vez, la expresión satisfecha de quien realiza sus sueños y, con emoción, se rodea de seres queridos y amados que desde el inicio le acompañaron? 

Cuéntame, ¿qué va a ser de mí? 

¿Es mi principio... o es mi fin?

Nely Macorix '14